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NUESTRA COMPLACENCIA CON EL SISTEMA
ES LO QUE LE PERMITE PERPETUARSE

Claire De Brabander

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Las palabras que siguen se inspiran directamente del libro (en francés)
«De notre servitude involontaire»
escrito por Alain Accardo, Ediciones Agone.
Sin embargo, es importante tener en cuenta
que estas solo reflejan una parte de su contenido
(la parte ideológica o más psicológica,
y no aquella política y activista)
y que el autor no comparte necesariamente
mi interpretación de sus escritos.

La globalización, dirigida por la ideología liberal, que conocemos actualmente, trae como consecuencia el enriquecimiento de algunos y el empobreciendo de la mayoría, al tiempo que socava la vida en el planeta tanto a nivel material como espiritual. Solo cuenta el lucro, y todo aquel que se atreve a distanciarse de este Leitmotiv o idea suele ser reprobado.

La comercialización desenfrenada llevada a nivel mundial ha llegado a influir en todos nuestros comportamientos y niveles sociales. Tanto es así que el trabajo social, el compromiso político, la educación o la cultura, por ejemplo, se refieren finalmente a técnicas de marketing en sus métodos de trabajo, y todo el mundo parece encontrar este hecho «normal» o, cuanto menos, aceptable. La crisis actual todavía no ha causado problemas reales en dichos razonamientos, si bien es posible percibir los primeros puntos débiles, lo que obliga a las mentalidades a cambiar.

La voluntad política de cambio está aún limitada a la reforma de los medios para hacer funcionar el sistema y no para cambiar el sistema en sí, dado que se encuentra demasiado impregnada por la lógica de dicho sistema. Cualquier líder político persigue casi exactamente el mismo objetivo: hacer funcionar la máquina siguiendo la misma lógica que, por otro lado, está obsoleta. Además, el funcionamiento democrático parece casi siempre una farsa que impide revelar los cimientos inadecuados sobre los que se asienta el sistema capitalista.

La mayoría de representantes de la élite intelectual o dirigentes de la sociedad (con excepciones), esto es: ejecutivos, profesionales liberales, políticos, artistas… a veces incluso algunos docentes, están convencidos de la validez y rectitud en el hecho de integrar los principios y valores comerciales a su trabajo y se ocupan, por lo tanto, de llegar más lejos en esa dirección desde el punto de vista profesional. Consideran toda desviación del sistema como un accidente o excepción, y el efecto es tanto más perverso cuanto que esta enajenación va a menudo acompañada de un espíritu crítico que les hace creer en una falsa objetividad de la percepción de la realidad. Esta actitud ayuda a una participación activa en el sistema al tiempo que se cree combatirlo o escapar de él.

Del lado de la oposición, las críticas contra el poder político, tanto de la derecha como de la izquierda (los políticos de izquierda siguen una política de derecha ligeramente moderada) muestran la incapacidad, en quienes las expresan, de ver en sí mismos los defectos que recriminan a sus representantes o, por el contrario, de apreciar la semejanza entre los representantes y ellos mismos, puesto que por falta de haber salido estos últimos de aquellos modos de funcionamiento que denuncian, sus acciones no hacen sino permitir que el sistema pueda adaptarse a una oposición interna, sin llegar a llevar a cabo una modificación de fondo.

Alimentarse de ira y oponerse al sistema probablemente no forma parte de la solución. Como tal, algunas, o incluso muchas acciones de lucha altermundialista tal y como las conocemos, no se adecuan necesariamente siempre con el problema. Se les dedica mucho tiempo y energía para lograr, finalmente, pocos resultados.

La población, en su conjunto, está condicionada a acatar de forma inconsciente las reglas del sistema y a participar en ellas mediante la perpetuación de su construcción, cada vez antes, para un crecimiento y beneficio cada vez mayor, aceptando a cambio algunas consecuencias de estos beneficios e ignorando, voluntariamente o no, "daños colaterales" que esto conlleva, a saber: la injusticia, la miseria o la destrucción del medio ambiente, todo ello a nivel mundial.

Todos obedecemos, de forma individual, a órdenes no explícitas. Estas son, sin embargo, transmitidas aunque no expresadas, y las asimilamos mediante la educación, los medios de comunicación y el sistema político. Resulta prácticamente imposible escapar de ellas.

Así, por un lado, las críticas contra el sistema son capaces de transformarlo al mismo tiempo que lo consolidan sin cuestionarlo realmente; por otro lado, cada miembro de la sociedad adopta una actitud permisiva con la condición de recibir una compensación suficiente en términos de reconocimiento, seguridad material o incluso acceso a ciertas comodidades. Dichas compensaciones tendrán el efecto de adormecer cualquier sentimiento rebelde. Esta adhesión atañe principalmente a las clases medias que constituyen la población mayoritaria en Occidente; se trata de algo más implícito que voluntario, permitido por lo no expresado, el condicionamiento, el automatismo, el hábito. De este modo, cada uno participa, sin una intención real, por obediencia ciega, en una dinámica de la que solo se percibe la parte positiva del funcionamiento.

Dado que no todos somos iguales ante la educación, podemos observar que aquellos que permanecen más tiempo en el medio escolar y universitario serán los menos capaces de poner en duda estos condicionamientos, hasta el punto que muchos de ellos se consideran superiores a aquellos que se impregnaron menos, en una forma que Alain Accardo denomina «racismo de la inteligencia».

Cuando, en ocasiones, alabamos los defectos del liberalismo, no somos totalmente mentirosos ni totalmente víctimas de adoctrinamiento. Podríamos decir que ello nos conviene en gran medida. Se trata de una forma de «complacencia» con el sistema que consiste en obedecerlo objetivamente mientras, de forma subjetiva, nos damos razones socialmente honorables para hacerlo, o lo hacemos sin darnos cuenta, sin poder hablar por tanto de hipocresía, dado que somos los primeros que queremos creer en las buenas razones que nos damos.

Por lo tanto, si el sistema se mantiene de forma fuerte y duradera es debido a que cada uno se une a este en la práctica sin ser realmente consciente. No se trata de algo voluntario y, sin embargo, no hay una resistencia real. Para desafiar al sistema, por tanto, es necesario ir más allá de la crítica externa (en el plano político y económico). Al limitarse a la crítica externa, es mucho más probable que estemos apoyando aquello que deseamos ver desaparecer.

Sería mejor buscar en uno mismo, puesto que el sistema mantiene al ser humano en un comportamiento de adolescente donde el «tener» prevalece sobre el «ser» y el «hacer», y donde la relación de poder y la competición son los principales modos de relación.

Si la riqueza es tan codiciada, no es tanto por avaricia sino por la búsqueda de estatus, de reconocimiento, de poder o incluso de seguridad. La avidez del lucro, que no es un valor educativo explícito, sigue siendo, sin embargo, el motor de la carrera hacia el éxito, así como uno de los fundamentos de la sociedad occidental.

Parece imposible encontrar soluciones válidas si el problema no está planteado correctamente. No podremos realizar cambios eficaces en la sociedad hasta que tomemos como referencia objetiva nuestra visión subjetiva de la sociedad y de nosotros mismos. Sin conciencia real, seguiremos cambiando las apariencias mientras el fondo permanece.

Para plantear correctamente el problema y encontrar soluciones reales, debemos desarrollar la capacidad de liberarnos de las vendas que nos ciegan ante la realidad.

La dificultad de liberarnos de ellas proviene del hecho de haber interiorizado, integrado, asimilado la lógica del sistema hasta tal punto que forma parte de nosotros mismos. Nuestra forma de funcionar individualmente, nuestra manera de pensar, se adecua perfectamente con esta lógica, lo que vuelve invisible el problema real. Aun cuando denunciamos las normas de funcionamiento del sistema a nivel mundial, continuamos manteniéndolas como referencias a nivel individual. Nuestra estructura psíquica se construye a partir de estas normas. Por tanto, resulta imposible cambiar las normas fuera de nosotros mientras permanecen integradas en nuestro interior, porque es esta integración la que permite una adhesión subjetiva (es decir, inconsciente) al sistema en forma de comportamientos automáticos, de inclinaciones espontáneas, de valores personales aprendidos. De este modo, siempre podremos justificar esta lógica con argumentos bien fundamentados resultantes de nuestra identificación con la forma de pensamiento dominante.

Solo en la medida en que podamos discernir esta complacencia que estamos demostrando, en la medida en que descubramos las concesiones que hicimos a nuestra propia integridad para mantener la satisfacción que nos ofrece el sistema, podremos esforzarnos para volver a valores ligados a la conciencia, el corazón y la racionalidad, como sustitución de los falsos valores basados en el principio del placer.

Se trata de hacer renacer al ser humano en nosotros. Porque tras la libertad de «hacer lo que queremos» se oculta una prisión del pensamiento, de la conciencia y de todos nuestros valores morales, y esto vuelve nuestra obediencia al sistema casi infalible.

Los cambios en la sociedad no podrán tener lugar si no se producen cambios en las costumbres, y estos cambios no verán su comienzo si no es a nivel individual y no podrán imponerse desde el exterior. Estos cambios no pertenecen al campo del ascetismo, sino al fin de nuestra complacencia con el sistema.

Si queremos cambiar el sistema, cambiar el mundo, no podemos eludir el paso de cambiarnos a nosotros mismos.

Si entendemos que el sistema nos manipula y, por tanto, que el éxito de su acción sobre nosotros está relacionado con su funcionamiento astuto (del que no somos conscientes), parece entonces que para liberarnos de él debemos hacer hincapié en cada uno de sus efectos sobre nosotros. Porque una manipulación visible ya no funciona. Esto no ocurrirá sin esfuerzo, pero vale la pena. Se trata de un trabajo voluntario de cada día sin el que ninguna lucha política, ninguna búsqueda de cambio a nivel global, podrá tener éxito.

Versión del 4/05/2009
traducido: diciembre 2011
traducción corregida por Maria González Sanchez, febrero 2013

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